Agosto probablemente es el mes más complicado del año para los cachanillas, agosto es la prueba de fuego, de amor, tolerancia, entendimiento y hasta económica.

En este valle de entrenamiento para la sobrevivencia, pareciera que los veranos se nos olvidan, y cada año soñamos (inocentemente) que a lo mejor, el siguiente no será tan intenso, o que será menos largo…mentiritas para no morir ante la caliente realidad que cada año llega sin falta. Yo tengo un largo historial de plantones en mi haber, pero el verano de 45 grados nunca me ha dejado plantada.

Miente quien no piensa Mexicali y su existencia durante estos meses, el estar encerrado bajo el aire acondicionado, la poca interacción con el aire libre y el cierre de cortinas para escondernos del sol, hace que nos pongamos meditabundos: que si ¿a quién se le ocurrió fundar esta ciudad?, que si ¿qué estaba pensando mi abuelo?, que si ¿por qué no acepté ese trabajo en ensenada?, y juramos por las bendiciones propias y ajenas, que el próximo año sí nos vamos a escapar del verano aunque sea a la Rumo.

También estos días de encierro me hacen pensar en el pasado, ya que obviamente la ciudad es algo joven, y pudo convertirse precisamente en ciudad cuando hubo la tecnología mínima necesaria para habitar el desierto. Es normal escuchar de quiénes vienen de fuera que aquí no hay cultura, ni arte, ni edificios coloniales y mucho menos pueblos mágicos.

Y sí, algunos de esas cosas no se encuentran por estos rumbos, pero si hay una cultura muy particular, arte, música y cachanillas algo loquitos, dicen que eso es obra del sol.

Una de las cosas que más me fascinan al pensar el pasado, es el hecho de saber que en nuestras tierras la evolución cultural no fue parte de nuestro proceso. Cuando los españoles llegaron a la parte central de nuestro territorio, a Centroamérica y Sudamérica, se toparon con culturas complejísimas, ciudades más que modernas, con mercados, fiestas, modas y un largo etcétera.

Sin embargo, cuando llegaron a Calafia, nuestra península, aquí se encontraron con los bárbaros del norte, nativos que seguían siendo nómadas siempre buscando el mejor clima y animales para alimentarse. Me parece maravilloso que el noroeste de este país haya brincado de la Edad de Piedra a la Edad Moderna, así nomás, de golpe.

Y pues ahi medio se entiende que somos menos intrincados pa’ decir las cosas, perdilras o comportarnos, y eso de verdad me encanta. Es justo ahí donde reside nuestra forma de ser, nuestra cultura, y nos notamos donde quiera que vayamos, abrace usted su bronquedad querido lector, que es bonito ser gente del desierto.

Hace unos días tuve el gusto de visitar Enya, uno de esos lugares que tenía en mi lista de “ya debes ir”, y que está situado en La Gran Vía. A pesar de que el restaurante ya está por cumplir el año, no había corrido a visitarles porque a veces me gusta esperar a que los lugares vayan tomando su ritmo y visitarlos cuando ya han empezado a ser parte de la dinámica de la ciudad y no la novedad.

Llegué acompañada de mi amiga Dena, quien entre todos mis amigos creo que es quien más amor tiene por la carne. Ambas quedamos sorprendidas al momento de poner un pie dentro del local, ya que el diseño y decoración del espacio es sorprendente, se nota que cada pared, cortina, silla, mesa, piso y lámpara, fueron elegidas minuciosamente para crear un ambiente particular.

En el restaurante abundan las maderas, ladrillos y cabezas de vaca, hay motivos decorativos inspirados en pinturas rupestres y un gran mural en una de sus paredes. Enya es elegante pero no pretende ser de otro lado, este restaurante es elegantemente del desierto y de mi Baja.

Arrancamos la noche atendidas espléndidamente, y fue un gusto recibir un poco de historia por parte del personal, y estuve de metiche y también vi como la compartían en inglés con unos comensales estadounidenses. El personal abre la mesa haciéndote saber que Enya significa sol en pai-pai, cosa que yo desconocía.

Lo primero que llegó a la mesa fue una canasta de pan recién salido del horno, crujiente, fresco, sin aditamentos que lo inflen artificialmente, acompañado de mantequilla artesanal y cenizas. Cualquier amante del carbohidrato va a verse tentado a pedir una segunda ronda, y hágalo, porque estas bellezas emanan de una masa madre especialmente cuidada que está por cumplir su primer año.

Pasamos las primeras mordidas de pan con el té de la casa, que es un té negro endulzado con canela y enfriado con nitrógeno, razón por la cual parece cerveza, es super refrescante y la canela le da un toque muy especial.

Para prepararnos con lo que estaba por venir nos sirvieron un pequeño bocado de prime rib, que era sólo un bocado, pero tan jugoso y tierno que hace que estés más que listo para empezar con los platillos fuertes.

Llegaron a la mesa sendos cortes que decidimos ponerlos al centro, pero no exagero cuando advierto el tamaño, a Enya hay que ir con hambre. Con gran alegría dimos cuenta de un Prime Rib y un Rib Eye añejo. El primero preparado con dos técnicas que le dan una sensación cercana a lo crujiente en el exterior, pero jugosa y tierna al interior. Una preparación seria y con todo el respeto que una buena carne merece, acompañado de pequeñas porciones de puré de rábano y espárragos asados.

En cuanto al Rib Eye añejo…amor a primer bocado, intenso sabor con gran ternura en la carne, jugoso y delicado a la vez. Además, viene acompañado de un gotero con aceite infuisionado de chile seco para aderezarlo, pero no ocupa más, es una fiesta de sabores por si solo.

Junto con los platos fuertes llegaron los acompañamientos de coctelería, y con gran sorpresa vimos arribar un cajón a la mesa con humo en su interior, del que salió una bebida preparada con brandy, amaretto, jarabe de lemongrass y por supuesto el ahumado. Le han llamado Rumosoro y es exquisito, el ahumado le quita lo perfumado al Amaretto y le da una sensación muy particular. Junto con el Rumoroso llegó el Tequila del Norte: tequila blanco, jugo de durazno, agua kinada y miel de Agave: resultó fresco, ligero y puede ser una excelente manera para reconciliarse con el tequila, si es usted uno de esos que le tiene algún rencor.

Tras semejante alegría por supuesto que íbamos a darle remate con un postre, y antes de que llegara nos sirvieron un pequeño sorbete de Jamaica, que sirve como astringente para limpiar el paladar y prepararlo para nuevos sabores.

Terminamos la noche con un postre espectacular y no lo digo únicamente por el sabor, sino por la hermosa presentación, que rememora a uno de las pinturas rupestres más conocidas de nuestra tierra: el diablito, y justo así se llama este bizcocho de chocolate montado sobre una salsa de chile california dulce y decorado con salsa de frutos rojos, pero lo remata una galleta crocante de arroz con todo y diablito. El postre es suave, cremoso, y contrasta de manera única con las salsas, y por si fuera poco es libre de gluten.

Enya tiene en su menú una gran cantidad de propuestas que incluyen entradas, ensaladas, sopas, gran variedad de cortes, platillos del mar, pastas y cinco postres que estoy decidida a probar. El bar bellísimo y ofrece coctelería, licores y también cervezas artesanales de la región. Al Enya hay que ir con tiempo, a lo mejor por la cena, pero también por un trago al bar, o a compartir un postre. El ambiente es relajado, la atención es de primera y tiene toda la Baja contenida en sus paredes.

Enya Restaurante está ubicado en Plaza La Gran Vía, abre de lunes a sábado de 12 pm a 1:30 am, y los domingos de 1 a 6 pm. Dése el tiempo de ir a visitar el restaurante que lo va a a reconciliar con el desierto, la península, las piedras y hasta el calor.

* Colaboración originalmente publicada en La Voz de la Frontera el 18 de agosto de 2018.


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