Para Servando

 

Chicali el lugar plano y en medio de la nada, chicali el pueblo bibicletero, chicali el aburrido, chicali el “¿cuántas cuadras tienen?”, chicali de caguamas congeladas y carnitas coloradas, chicali el del calorón termonuclear y donde no queda otra mas que rifársela cada verano. Ese es mi chicali, al que quiero y con el que tengo una relación que muchas veces podría ser cataloga de complicada.

Desde hace algunos años tengo la fortuna de conocer a un gran historiador que reside en la ciudad. Pareciera que su continuo tránsito por el mundo le jugó una broma y lo trajo al desierto. Cuando nos conocimos, mi amigo solo recorría el camino de su casa al trabajo y a un mercado. Se había creído lo que le habían contado: que aquí no pasaba nada.

Con el amor que me merece mi ciudad siempre tan masomeneada, le expliqué que esta era una ciudad discreta, que si la pensábamos como una mushasha, no era de las que exhiben sus encantos en la calle, sino de esas a las que hay que conocer, de las que hay que enamorarse para entonces descubrir sus tesoros. Su status actual con la ciudad es de ya no me quiero ir.

Creo que Mexicali está pasando por uno de sus mejores momentos a nivel identidad, hay cosas que siempre nos han definido, pero también ha empezado a darse una transformación sin igual a manos de jóvenes nacidos aquí que están haciendo de este terruño un lugar único para comer y beber. Advierto que nunca voy a renunciar a mi querida comida china, pero decenas de egresados de las escuelas de gastronomía, otros tantos viajeros y tragones consumados, así como los amantes de la cerveza, le están dando una gran gama de sabores a nuestro paladar.

En esta entrega quiero dedicarme al desayuno.

Imagina un sándwich relleno de pecado y emoción, porque desde ahí quiero empezar. Desde hace algunos meses ubiqué este lugar en la calle L. Montejano: Dos Panes. Su nombre puede engañarte y hacerte pensar en sabores sencillos o en una panadería, sin embargo, la complejidad de los sabores que aquí se preparan te convierten en visitante frecuente, o al menos eso ha pasado con las personas a las que se lo he recomendado.

Estuve platicando con la creadora de este concepto, y me explicó que la idea general partió de lo que define como comida manchosa, que se agarre con las manos, y que sea tan rica que haga que te lamas los dedos, principio que se cumple de lleno en este lugar. Les describiré una de las especialidades de la casa y lo que tuve que comer para esta entrega: el sandwichito.

Sándwich elaborado con dos esponjosos waffles, relleno de papa rallada, huevos estrellados, queso y pollo frito, además de un aderezo que solo va con este platillo. La combinación de sabores es sorprendentemente explosiva, ya que las texturas y contrastes acaparan todos tus sentidos.

No voy a decir que es un platillo para comer en solitario, es ideal para compartir en un fin de semana de chiqueo tragón. Para quienes no se aventuren de esta manera, el lugar les ofrece diversos sándwiches con panes de granos, salsas cremosas e ingredientes frescos. Nada de lo que pongan en tu plato estará prearmado, sino que Kitzia y su equipo van preparando amorosamente cada orden.

Otra de las cosas que debo destacar es que Dos Panes es un lugar cómodo, funcional y pulcro, con una terraza luminosa, y en general un diseño del espacio muy bien pensado por los talentosos ATZ Studio. Apostar por solo servir desayunos fue una apuesta difícil para Kitzia, pero de esas apuestas necesitamos en esta ciudad, y juntos las iremos descubriendo.

Dos Panes está ubicado en Francisco L. Montejano #1741, abre de lunes a viernes de 8 am a 7pm, los sábados de 9 am a 6 pm, y los domingos de 9 am a 4 pm.

 

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*Esta colaboración se publicó originalmente el 14 de mayo de 2016 en La Voz de la Frontera

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