Con cariño para Arturo Mora

El verano mexicalense siempre es un tema. Es la cita ineludible que llega y arrasa las conversaciones, el dinero y algunos dicen que hasta las ilusiones. Pero ahí permítanme contradecirles, porque miente el cachanilla que diga que no encuentra cierto placer a medirse cada año con las temperaturas.

Todos sufrimos, es cierto que unos más que otros. Pero también nos cansamos del aire acondicionado y el constante zumbido que poco a poco se apropia del sonido ambiente y nos aísla de la calle y su calor. Pero ¿a poco usted no es de esos que al salir del cine agradece el abrazo caliente de la ciudad?,  o de los que al caer la noche aunque el termómetro no baje del 38 sale y dice que ya refrescó. Yo si soy ambos casos.

Hace 4 años recuerdo perfectamente un día muy canicular, de esos donde la temperatura rompe récords y ronda los 48 centígrados. Por cuestiones de urgencia debía cruzar a Calexico, esperé hasta el último atisbo de sol para pasar caminando y recoger lo que me tenía con pendiente. Conforme avanzaba en un centro de la ciudad más parecido a pueblo fantasma, sentía como el aire se colaba por los laterales de mis lentes negros y ablandaba el maquillaje de las pestañas. La piel me ardía, sentía una capa de sal picándome, las mangas largas de mi blusa empezaban a pesar conforme avanzaba, pero nada iba a lograr detenerme. 

Después de recoger el paquete esperado y urgente, caminé de regreso. Recuerdo que al salir del túnel el cielo estaba regalándonos uno de esos espectáculos rojo-fuego-naranja-violeta intenso como pocos. Me quité los lentes para apreciarlo mejor, y sentí como los ojos dolían ante un aire tan caliente como cuando se abre un horno. Sin embargo sonreí. Y no fue solo por la belleza del atardecer, sino por esa combinación de alivio y orgullo al tener la certeza de que se ha sobrevivido a uno de los días más calientes en la tierra.

Hace tambien algunos años, cuando estudiaba historia, mi entonces maestro Servando se quejaba de que esta ciudad lo encerraba por meses, y que andaba buscando cualquier oportunidad para huir a San Diego o Ensenada. Ante la afrenta que tomo personal cuando alguien dice que en Mexicali no hay nada, lo cuestioné sobre los lugares que conocía, y a pesar de que llevaba 4 años radicando en el terruño, solo sabía de dos mercados, su lugar de trabajo y un restaurante bar. Todos cerca de donde vivía.

Ahí fue cuando me tomé la libertad de explicarle que esta es una ciudad con secretos, que no se oferta, que no exhibe, que no presume. Que hace falta ser amable, humilde y receptivo, para empezar a descubrir esos espacios únicos y la gente que los habita. Por meses le di algunas guías y al paso del tiempo su amor por Mexicali no sólo se desarrolló, sino que se hizo intenso y de gran seriedad.

Yo debo decir que ya quería mucho a Mexicali desde antes de empezar a escribir el Chicali Tragón, pero después de estos tres años de andanzas y descubrimientos, mi relación con esta tierra se ha vuelto cada vez más bonita y sincera. Es cierto que hay cosas que no me gustan, pero las acepto, como se hace con las relaciones que maduran.

Y así con eso del amor maduro, me puse a buscar una de las novedades que no sabía que existían pero que resulta tenía casi dos años esperándome tras paredes blancas por los rumbos de la Anáhuac: Rooibos Tea Shop.

Menciono las paredes blancas porque justo son una barrera que al cruzarla pareciera un sitio en otro lado, y no me refiero a que no parece Mexicali, pero está en una zona residencial y los muros hacen que no veas mas allá de los jardines del predio y te olvidas de la calle.

Rooibos fue en algún momento una casa, que tras varias renovaciones terminó siendo un espacio amplio de dos plantas abiertas, me cuentan que alguna vez fue gimnasio, y ahora es el espacio blanco, limpio y luminoso donde se rinde honor al té.

Nos reciben (me acompañaba Dena) Norma Renée y José Miguel, la pareja detrás del proyecto. Con la tranquilidad acorde al ambiente de la sala de té nos cuentan que se conocieron en el 2015, y que justo en ese año Norma buscaba una fuente de apoyo a la salud de su padre y así, sin querer, se inició en el té, nunca imaginó que esa búsqueda transformaría gran parte de su vida.

Yo les confieso que no se nada del tema, que mi conocimiento se limita a las cajitas que compro en invierno para alternar té con café. Con paciencia y sencillez nos dan una clase completa de los tipos de té que existen, sus beneficios y para entonces ya estamos tomando un té frío de matcha con limón amarillo de lo más delicioso.

Su travesía en el estudio del té llevó a Norma hasta el Rooibos,  que es un árbol africano también llamado árbol rojo, su característica principal es que tiene un efecto calmante, y por eso es la base de los tés que aquí se sirven.

Mientras nos explican las propuestas del menú, nos llevan a una estantería con los tés dispuestos en pequeños contenedores, donde olemos y disfrutamos de las combinaciones. En Rooibos el té se puede tomar caliente de forma tradicional, frío, en frappé y caliente con leche y sustitutos de leche. En base a nuestra olfato y con las explicaciones del menú, nos decidimos por  un Rooibos Avellana y una Blue Milk, acompañados por un pastel de queso matcha sin gluten y un pay de limón sin azúcar, ambos veganos.

En Rooibos se pueden degustar un conjunto de postres que cubren diferentes especificaciones alimentarias, los hay sin azúcar, sin gluten, sin lácteo y veganos, así como una alacena con productos alternativos a la venta. Algunos de estos productos vendidos directamente por Rooibos y otros de productores y pasteleros locales.

Al llegar a nuestra mesa lo que ordenamos, lo primero que nos invade es el dulce y aterciopelado aroma del Rooibos Avellana, que es una infusión de choco avellana en leche de almendra, sin azúcar y de sabor delicado y suave. La sorpresa visual es la leche azulada, que es una bebida hermosa de color y de un sabor único y que solo puedo describir como sedoso. La Blue Milk está hecha con leche de almendras, un toque de coffemate y el butterfly pea, que es un té de flor azul que otorga ese particular color y sabor.

En cuanto a los pasteles, el Pay de limón es confección de la casa, de sabor dulce ácido, sustancioso y con una consistencia que nadie podría creer que es vegano. El pastel de queso matcha es de Dosha, una propuesta local, intenso, cremoso y llenador, a pesar de que su tamaño podría engañar a cualquiera.

Tomamos hasta la última gota y comimos hasta las últimas migas de los postres. Salimos tranquilas, sonrientes y muy contentas de haber descubierto uno de esos peculiares secretos que tiene Mexicali, así que hay que pasar la voz.

Rooibos Tea Shop está ubicado en Islas Hawai 549 en Jardines del Lago. Abren de martes a sábado de 3 a 11 pm. Aquí no sólo tomará té en todas sus modalidades, sino que aprenderá todo lo que necesita saber sobre él.

 

*Colaboración publicada originalmente en La Voz de la Frontera el 29 de junio de 2019.

 

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