Llegó noviembre casi sin avisar, siempre que llega el otoño a Mexicali nos llenamos de Fiestas del Sol, Festival de Octubre, beis, básquet, un buen de bodas y de repente ya tenemos que andar correteando el arbolito de navidad y haciendo listas de regalo.

Nos encontramos justo a mediados de mes y sorpresivamente hace frío y parece que este invierno si usaremos los abrigos más de una semana. Siempre he creído que los mexicalenses somos unos románticos perdidos del invierno. Guardamos y cuidamos con especial esmero las botas y sacos que lucirán genial “cuando cambie el clima”.

Los vientos gélidos y las manos frías siempre nos hacen pensar en panecito, pasteles, chocolate caliente y café. También todos asumimos sin reparo que la temporada aunada a los festejos Guadalupe-Reyes nos van a dejar algo más cargada la cintura.

Se que este espacio lo hemos dedicado siempre a darle vuelo al aventurero al paladar que nos caracteriza, y eso nunca va a estar en discusión, si a alguien le gusta comer rico y más que rico es a mi.

Sin embargo, he estado pensando mucho en las maneras en que nuestra cultura relaciona todo lo sentimental con comida: celebramos las cosas buenas comiendo, nos regalamos algo comestible cuando sentimos que hemos trabajado mucho, argumentamos merecer algo especialmente calórico, ¿si o no?, yo lo hago.

Y cuando la tristeza azota a nuestra vida por medio de un rompimiento, un despido, la muerte de un familiar o hasta que no alcanzamos la oferta que esperábamos, lo apechugamos comiendo. Creo que casi todas mis “grandes tragedias” han sido acompañadas por un bote de nieve.

Y el punto no es que dejemos de comer lo que nos gusta, es solo que somos desordenados y claro, eso hace que muchos de nosotros y de las personas que queremos estén enfermas y justo hasta ese momento empiezan a tener cuidado con lo que consumen.

Ahora que los índices nacionales hablan de manera alarmante del sobrepeso, diabetes, alta presión y no se cuantas cosas que a nadie le deseo, es cuando justo mis queridos restauranteros, chefs y cocineros tienen el doble reto de servir cosas deliciosas y que no sean bombas de explosión a largo y mediano plazo. Claro que al final la decisión es personal y nadie me ha obligado nunca a zamparme un bote de nieve.

Justo con todas estas preocupaciones en mente, y negándome determinantemente a disfrutar de los bellos sabores que la vida ofrece, me encontré con la apertura de un nuevo proyecto-espacio-pastelería, que es tan lindo que puede hacer llorar a uno que otro que conozco que desde hace tiempo no tiempo permitida la azúcar o el gluten…les estoy hablando de Sweet Place.

Este lugar como proyecto inició por allá del 2009, y algunas de sus recetas eran parte del menú de una nevería. Sin embargo, justo en el último año, los cuatro socios se pusieron a pensar más seriamente en aterrizar un espacio donde pudieran lanzarse de lleno a explorar el reto nutricional de hacer cosas bien ricas y saludables.

Este tipo de iniciativas siempre generan incredulidad, hemos hecho casi ley la idea de que si es sano sabe malo y si sabe bueno engorda, cuando ninguna de las dos cosas son ciertas. Entre mis amigos cuando alguien escucha que tal cosa no tiene azúcar, escucho frases como: de algo me he de morir, si no hace daño no cuenta y me podría seguir con un largo etcétera.

Sweet Place es una pastelería y deli con todas las de la ley, espacioso, limpio y luminoso. Al entrar te reciben dos grandes vitrinas cargadas de pasteles, panes, galletas y chocolates, lo grandioso es que la mitad de las opciones no tienen azúcar, por lo que las posibilidades son enormes. En la zona del mostrador y en exhibidores dentro de la tienda, también hay panes salados que van desde baguette, ciabattas, bisquets y rústicos.

En cuanto entras si te ven desorientado o saboreándote toda la vitrina, de volada te preguntan si ya has ido, y te dan una explicación del menú, que incluye recetas tradicionales con gluten, lácteos y azúcar, y recetas con variantes para que cada quien elija de acuerdo a su régimen.

En mi primer visita después de haber manejado horas de ida y vuelta a un compromiso en Tijuana, decidí que me merecía un premio, y como ya había escuchado del lugar me aventé a ver si era cierto. En esa ocasión pedí para llevar, pero les juro que fue muy difícil elegir entre todas las opciones…al final mi novio y yo optamos por tres piezas: un panqué de nueces, un brownie de chocolate y un pan integral con con betabel.

Yo arranqué con el panqué, que era el más manchoso, le di una calentada en el horno, me preparé café y lo siguiente fueron mis ojos casi echando lagrimitas, el panqué estaba suave, dulce contundente, el sabor a nuez bien cargado y además llenador. El pan integral con betabel también entró al horno, y sabía tan bien que daban ganas de hacer sandwiches con el, de esos sandwiches gourmets que vemos en las revistas, crujiente por fuera, suavecito por dentro y también sustancioso. El brownie fue sorpresivamente ligero y se deshacía en la boca, el sabor dulce achocolatado intenso sin ser empalagoso. De estos tres primeros panes el de nuez era sin azúcar, el integral era vegano y el brownie sin azúcar y gluten…¿qué tal?

En mi segunda visita me senté a platicar largo y tendido con Aaron Alvarado, el chef a cargo y uno de los 4 socios (Norma Tovar, Alejandra España y Humberto Romo), quien emocionado me contó como esta nueva etapa es tan emocionante que todos los días le cuesta dejar de trabajar, porque la cocina se ha convertido en un laboratorio de experimentación, porque al trabajar con harinas de almendra, coco, arroz o fécula de tapioca, obvio no se hornean ni reaccionan como lo hacen las harinas tradicionales. A Aarón los ojos le brillan, veo que el reto lo tiene encantado.

Mientras me platica arranco con una mordida a un polvorón, pesado, delicioso y mantequilloso, los ingredientes: harina de coco, almendra y garbanzo, mantequilla (la de verdad) y monk fruit (una azúcar que sabe azúcar, que es natural y no tiene calorías.)

Después le entramos a una donita de matcha, la pieza más vendida de la casa, debo decir que no sabe a dona porque es horneada, pero sabe a algo completamente bueno y nuevo pero en forma de dona, amantes del matcha atención, porque ésta es sin gluten y sin azúcar.

El tercer paso de la degustación fue el clásico pastel de zanahoria, que es uno de los postres que sólo se vende en su versión sin azúcar, es maravilloso y sabe a lo que debe saber además de también ser sin gluten.

Por último di cuenta de una trufa de chocolate, y ese sabor intenso a cacao y sin azúcar fue tan sorprendentemente intenso que quise saberlo todo, y así me explicaron que el cacao es nivel premium 100% mexicano.

Tras dos visitas a sus dos meses de apertura puedo sin temor afirmar que hay opciones que no le piden nada a las recetas regulares, y que celíacos, diabéticos y personas que cuidan su ingesta de azúcar y lácteos, no tienen por qué comer son sabores aburridos, y que como bien lo dicen en este lugar: lo dulce no tiene que ser sólo azúcar.

Sweet Place está ubicado en Plaza La Gran Vía y abren todos los días de 6 am a 10 pm, un joven equipo de 12 elementos están listos para guiarte en esta experiencia, donde además los precios de las porciones individuales van de los 14 a los 70 pesos y tambien hacen sandwiches y café.

* Colaboración originalmente publicada en La Voz de la Frontera el 17 de noviembre de 2018.

 

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