Que alegría que habitamos en estos tiempos y no en los ochenta. No tengo nada en contra de la década de las hombreras y el tupé, pero que flojera me da pensarnos en aquéllos tiempos con respecto a la comida y a lo considerado de buen gusto en nuestro país.

Hace unos días fui a ver en pantalla de cine la película mexicana “Las niñas bien”, dirigida por una muy joven directora a la que no le tocó vivir la década. La historia está basada en el libro de relatos publicado por Guadalupe Loaeza en 1987, y que retrataba sin desperdicio ni misericordia a la clase acomodada mexicana. Esa misma élite a la que le tocó perder el status con la crisis de López Portillo, los sacadólares, los que consideraban un oso comprar algo mexicano o peor, algo no mexicano pero en una tienda nacional.

La historia de nuestro país y la lucha por la construcción de una identidad ha sido siempre un soberano relajo, y por muchos años se denostó lo propio, considerándolo de baja categoría. En la película podemos ver a los personajes hablando de recetas francesas, de restaurantes de París, discutiendo menús de fiestas donde todo debía ser de importación. Nada parecido a un taco, sope o mezcal habría entrado en la clasificación de lo consumible por la gente bien.

Yo se que este espacio no es para hablar de películas, pero créanme que sentí un gran alivio de que la comida mexicana ahora sea tan aclamada y que con ello la hemos empezado a ver de maneras que en los ochentas hubieran sido imposibles.

En los últimos años la comida mexicana prácticamente ha tomado al mundo por asalto, por solo poner dos ejemplos: Taste Atlas (que es como un atlas mundial pero de comidas) acaba de designar el Taco al Pastor como el platillo más rico del mundo, y la organización The World’s 50 Best Restaurants hace algunos días nombró a la mexicana Daniela Soto-Innes como la mejor Chef del Mundo.

Ha sido un largo camino no? Pero hemos empezado a abrir el corazón y confesar el amor por nuestra tierra y las combinaciones que le hemos dado a toda nuestra abundancia.

Con todos esos contrastes en mente tras ver la película, pues tocaba comer. Desde hacía unas semanas había intentado visitar un pequeño restaurante cercano a mi casa, pero por cuestiones del destino sus horarios y los míos no terminaban de coincidir. Por fin hace unos días coincidimos y así llegue a La Meche.

Crucé su puerta unos 5 minutos después de las 4pm (a esa hora abren) y me encontré con un bonito salón comedor con muchas cosas mexicanas en él: pared decorativa que relacioné de inmediato con Nayarit, catrinas y símbolos precolombinos, se vale, todo eso somos. Mesas y sillas sencillas y un gran “Chicali makes me happy” en la pared, cosa completamente cierta, quien haya caído en esta ciudad por más de 24 horas no puede decir lo contrario.

Mientras esperaba a Dena quien me acompañaría a echar chal y taco, pedí con gran alegría una cerveza Juan Cordero, de la tijuanense Insurgente, una de mis cervecerías favoritas. Todo empezó bien.

El menú (bendito sea) es pequeño, concreto y lo suficientemente diverso como para complacer a una mesa de varios comensales. El diseño de éste responde a lo más sofisticadamente sabroso de la cocina nacional, en platillos de forma sencilla pero complejos en su construcción.

Ya con Dena en la mesa y tras estudiar las posibilidades de la tarde, optamos por arrancar con un bonito guacamole con chicharrón y tomate Cherry acompañado de totopos de maíz azul. Pocas cosas pueden salir mal con el aguacate, pero agregarle el crunch con los trocitos de chicharrón: doble palomita.

Volviendo al menú, éste tiene entradas, tacos, tostadas, sopes, quecas, tortas y postres, además de una selección de cervezas y cocteles a base de mezcal. Sencillo y directo al corazón.

Nuestras elecciones fueron: taco  de tripa de res, sope de lengua y tuétano, tostada de pozole seco y tostada de caracol de mar.

Tras totopear el guacamole empezamos por el taco de tripa: tortilla de maíz, costra de queso, micro cilantro, cebolla curtida, guacamole y la tripa bien doradita, sublime y fuerte contendiente a colocarse en el top de mis tacos.

Apenas estábamos comentándolo cuando llegaron a la mesa nuestras dos Lupulosas (también de Insurgente) y la tostada de pozole seco. ¿Ya se la imaginaron? Ajá, suena rara, en teoría…pero en la práctica, es el maíz sobre maíz que seguramente Quetzalcoatl aprobaría: tostada horneada, cebolla, rábano, micro cilantro, limón y los granos del pozole, creo que es uno de esos platillos con los que vamos a sorprender y además quedar bien.

El tercer manjar en arribar a la mesa fue la belleza del sope de lengua con su tuétano al lado, lengua tiernita, tuétano en su punto, y frijol negro haciendo más cremosa la experiencia. Además el tuétano no sólo sabe delicioso, sino que ayuda a combatir arrugas, este platillo es ganar-ganar.

Al final llegó la tostada de caracol de mar, para terminar con un sabor fresco, pero (no es un pero sobre la tostada) habíamos saboreado ya sabores tan intensos que sentimos que no teníamos ya el paladar despierto para darle su lugar, así que cuando volvamos, la pediremos como primer platillo. Debo anotar que la combinación de caracol con aceituna verde es muy refrescante.

Para limpiar nuestro paladar del aturdimiento feliz del que éramos presas, compartimos un mezcal y un pan de elote acompañado de nieve de vainilla, ajá, como pueden darse cuenta no nos dolía nada.

Me gusta mucho La Meche, me gusta la apariencia sencilla de sus platillos pero lo pensado de sus sabores. El servicio fue muy agradable, y apenas llevan 3 meses en funciones. En esta ocasión omití ponerme de preguntona, las intenciones son claras: antojitos mexicanos bien elaborados y un espacio para no volver a dudar de lo hermoso y abundante de la mexicanidad.

Debo aceptar que tengo una anotación, el menú cierra con la leyenda: “Cocina Trendy Chida” y si, lo es, pero en Mexicali, la cosa es chila, o no?

A La Meche la encuentras en Blvd. Benito Juárez 1741 en la colonia Los Pinos. Abren de miércoles a domingo de las 4 pm a la media noche. Lléguele a echar el chal y no dude en entrarle con gusto al mezcal.

 

Colaboración originalmente publicada el 27 de abril de 2019 en La Voz de la Frontera.

 

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