En memoria de los señores que iban 

a mediodía al Norteño

 

En nuestras megacálidas tierras la bebida helada es cosa de supervivencia. Nada más desagradable que una bebida tibia, el agua al tiempo solo para cuando se anda enfermo, y la cerveza que no está muerta, es la grosería más infame.

Siendo universitaria fue el momento en que entendí la gloria de la cerveza y los lugares a los que se les rendía culto por servirla con la más respetuosa temperatura. Huelga decir, que no eran los lugares ni más bonitos, ni los que mi madre hubiera querido para mis años de educación profesional.

Fue justo hacia finales de los 90, cuando visité el ya extinto Norteño. Un bar tradicional en la calle Zuazua. El lugar ya tenía sus 50 años de vida, el cantinero era un señor de edad que conocía a todos los señores con sombrero y sin sombrero, que entraban directo a pedir su primer tarro del día.

En ese lugar, que recibía con la leyenda “El Norteño es terapia”, las paredes estaban llenas de fotos antiguas de Mexicali. Ahí era posible observar a la cervecería en sus tiempos de gloria, la antigua garita, y grupos de enfiestados caballeros de otras épocas, que brindaban a la cámara justo desde las mesas donde los universitarios descubríamos la belleza y sencillez del tarro de 3 pesos.

En esas primeras incursiones una de las cosas que más llamó mi atención, fue recibir aquello denominado “la botana”: pequeñas porciones de caldos, consomé o guisados, que se repartían a todo aquel parroquiano que quisiera degustarlos a eso del mediodía. 

Ante mi tragona sorpresa, con el tiempo aprendí que era una tradición de antaño, que inició en los puertos. Los cantineros sorprendían a sus clientes con bocados de productos novedosos llegados en barco, les amortiguaban la borrachera y todo mundo terminaba tomando más. La idea fue evolucionando, y hubo algún momento, donde las cantinas ganaban popularidad por su botana.

Por desgracia, esa costumbre se ha ido perdiendo, y para muchos bares y cantinas la responsabilidad de una cocina es un lastre. Aun quedan por ahí en el Centro algunos lugares donde me he echado un buen taquito de barbacoa o picadillo, o un sabroso consomé de res. Pero la verdad, es que en la mayoría de los bares, la botana se reduce a cacahuates, chicharrones y carne seca; ojo, no las desprecio, pero no implican una apuesta culinaria.

Para nuestra fortuna, hay personas en esta ciudad que añoran aquello del lugar conocido por su botana y se han puesto a trabajar al respecto. Esta semana, abrió sus puertas aun en etapa de experimentación el Coachellos Oyster Bar, si señoras y señores: ¡ostras!

Con la mente puesta en el verano playero, no tuve que investigar mucho para estar dispuesta a salir corriendo a un Oyster Bar, y acompañada por mi querida Denahi me apersoné en el Coachellos, cuando aún la tarde no terminaba y la semana apenas empezaba.

El Coachellos es sencillo, limpio, con pintas de marcas de cerveza y huele a comida del mar. Acaban de abrir hace apenas una semana, por lo que aun afinan detalles en el local, pero lo que debe estar listo, listo está.

Platicando de botanas con su propietario Guillermo Toledo, justo nos contaba que le gustaba mucho la idea de que la gente decidiera ir al bar del barrio al salir del trabajo (o en la hora de la comida) sabiendo que iban no solo a echar el trago, sino que lo iban a acompañar de algo delicioso. Y con eso en mente, inició un conjunto de negocios que sirven cervezas bien heladas, una buena selección de licores, pero que sobre todo, buscan ser reconocidos y recordados por su botana.

Revisando rápidamente el menú (que irá evolucionando con nuevas apuestas), encontré que ofrece una pequeña variedad de mezcales, por lo que arrancamos la tarde con una orden de ostiones y mezcales.

Como pueden ver en la foto, los ostiones fueron servidos en su rudimentaria concha, bien helados y les acompañamos con salsa y limón. Nada más que agregar, quien aun les tiene idea y no se anima a comerlos, se está perdiendo uno de los placeres sencillos y complejos que ofrece este planeta.

Terminados los hermosos ostiones y con la alegría de su sabor en el cuerpo, ordenamos un sashimi de atún. Cortado en lajas delgaditas, bien fresco y acompañado por pepino rallado y rajas de serrano: alegría total.

Para poder contarles de una alegría más, optamos por un Chechelos (les debo la foto), que es un ceviche de camarón, pulpo y pescado. La combinación ofrece un sabor delicado y suave, y sin duda fue la mejor manera de acompañar al último mezcal que tomamos esa tarde que ya se había hecho noche.

Coachellos es el tipo de lugar que se convierte en el bar del barrio, y que igual va el abuelo con sus amigos, el grupo de universitarios o los godínez al salir del trabajo. Lo que si debo advertirles es que en este lugar no se escucha banda, y la música siempre será telón de fondo para que en la mesa pase lo que de verdad importa: los tragos, la botana y la buena platicada.

El Coachellos Oyster Bar está ubicado en avenida Cuauhtémoc (la Aviación) 1283 en Vistahermosa. Abren de lunes a sábado de 6 pm a 2 am, y en una de esas usted se anima a pedir un Bacanora.

*Colaboración originalmente publicada en La Voz de la Frontera el 27 de julio de 2019

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